Fotografía y organización archivística

Organizar conjuntos fotográficos requiere de la cooperación mutua entre fotógrafos y archiveros. Detrás de la fotografía y de los archivos hay profesionales que saben hacer su trabajo. Desde el punto de vista del fotógrafo, no cabe duda de que organiza su trabajo y procura hacerlo de manera eficiente; tendría también que saber que existen sistemas normalizados de organización que son aplicados rigurosamente por profesionales en las instituciones de archivo.

El destino final de muchos archivos fotográficos es una institución con capacidad para gestionar la conservación a largo plazo de documentos que constituyen la memoria colectiva. Plantear que la organización de un archivo se inicie en el momento de la producción fotográfica implicaría tener un largo camino ya recorrido: el fotógrafo tendría la certeza de que la institución que recoja el archivo va a ser capaz de comprender los lazos de unión que existen entre él y sus fotografías y se ahorraría el coste innecesario que supone pensar cada uno cómo organizar sus fotografías. El archivero no se encontraría, ante la llegada de documentos fotográficos,  con la necesidad de tratar y conservar un material que, en ocasiones, no entiende. Un material diverso que abarca la mayoría de las veces muchos elementos individuales. Los documentos de un conjunto fotográfico son siempre muchos más de los que se pueden haber utilizado y presentado en un trabajo final. Por qué, nos podríamos preguntar: porque la producción de estos materiales es cara, porque la apariencia de las cosas va cambiando a lo largo del tiempo, con lo cual nada mas hacerse se convierte en histórico e irrepetible, porque se seleccionaron unos pero igual podían haber sido otros, porque a lo mejor para un trabajo posterior servirían esos detalles… El fotógrafo sí sabría responder a por qué había guardado esos materiales, pero es muy difícil que el archivero pueda, siquiera, aproximarse. Estos documentos se organizaron, probablemente, por su fecha de creación y por las actividades a las que respondían. Lo que sí sabe el archivero es que son evidencia de un momento histórico o cultural que ya ha pasado y debe conservarlos.

Es difícil entender, a priori, la fotografía si no eres fotógrafo, porque la fotografía es un lenguaje sin texto, solo visual. Elementos como el encuadre, la iluminación, la nitidez son parte de la información visual. Pero además del contenido icónico, hay que considerar al objeto fotográfico en su completitud y conocer sus necesidades de manipulación, instalación, conservación y descripción, que la mayoría de las veces son específicas de este tipo de materiales. Plantear la difusión del archivo fotográfico precisa, a su vez, de actividades de análisis, selección, procesado digital y publicación en las que contar con fotógrafos es absolutamente imprescindible.

Ante una fotografía, hay que analizar qué papel ejerció en la vida del productor del fondo al que pertenece y cómo se encuentra relacionada con el conjunto de las fotografías que la rodean. Inmediatamente después, qué otros documentos del archivo, realizados en otro tipo de soporte, son también evidencia de la misma actividad realizada por el productor. Si nos paramos a reflexionar, veremos que lo que tenemos que plantearnos es la manera de acercarnos al archivo y no al archivo fotográfico. Incluso en aquellas instituciones donde los materiales fotográficos son los principales tipos documentales, hay relacionados otros documentos de archivo: encargos de trabajo, facturaciones, listados, índices, etc. Todos juntos constituyen el archivo y es dentro de este archivo donde pueden y deben interpretarse las fotografías. Estaríamos más cerca, como dijo Joan Boadas en la conferencia inaugural del I Congreso Internacional de Documentación Fotográfica, de “estimar que aquello que recibe la consideración de patrimonio fotográfico no se limita exclusivamente a los materiales negativos, positivos o electrónicos, sino que incluye también toda aquella documentación contextual que ayuda a comprender su proceso de creación y producción, su significación y su valía” (BOADAS, 2014).

No cabe duda de que el archivo de un estudio fotográfico tiene en las fotografías su elemento de mayor valor. Y hay que decir que muchas veces termina siendo el único, porque el resto se hace desaparecer antes de que el fondo sea depositado en una institución de archivo. Incluso en estos casos, la fotografía aporta un valor incalculable para la comprensión del contexto de realización de las imágenes. Porque las fotografías nos permiten ver hoy lo que en un momento anterior alguien quiso que quedara reflejado en una imagen. Una sucesión amplia de reportajes fotográficos realizados a lo largo del tiempo nos permite saber cómo ha ido evolucionando una ciudad, qué tipo de reportajes eran los que se solicitaban, quiénes eran los clientes del estudio… sencillamente porque se puede ver. En estos casos es cuando el archivero tiene que ser más cauteloso: el orden original es precario, no hay documentos textuales que apoyen el sistema de trabajo, se trata de documentos frágiles que necesitan de una ágil intervención para asegurar su supervivencia; todo es cierto, pero las fotografías están de alguna manera unidas, aún en un aparente desorden, y es esa unión la que hay que respetar. Porque el estudio precisaba una organización y, probablemente, si se ha convertido en un caos no ha sido porque no existiera orden en el origen, sino por las manipulaciones posteriores a las que se ha visto expuesto.

Hay información de contexto que solo está en la manera de relacionarse el fotógrafo con sus fotografías. Esta información debería quedar reflejada, de alguna manera, en el momento del depósito del fondo en una institución de archivo. En un archivo fotográfico la relación entre el documento de archivo y su productor, sobre todo si se trata del fondo generado por un fotógrafo o una sucesión de fotógrafos, es más que estrecha. La importancia de la figura del fotógrafo radica en que es el, con la guía del archivero, quien debe ir contando la historia que refleje textualmente el proceso de la formación del archivo.

El acercamiento de un investigador a un archivo fotográfico puede hacerse de dos maneras: para investigar la formación del fondo documental, o con interés de buscar un determinado contenido icónico. La finalidad del primer investigador coincide con la de la institución que ha recibido este archivo como legado. La finalidad del segundo es el último eslabón de la descripción archivística y el objetivo al que se aspira en la creación de un archivo digital: la creación del catálogo, la digitalización de los documentos y su publicación a través de medios de alcance global. Todo un reto, sí.

BOADAS I RASET, Joan. “Patrimonio fotográfico. Propuesta para una gestión eficaz”. Del artefacto mágico al pixel. Estudios de fotografía [on line]. I Congreso Internacional de Documentación Científica. Jornadas Fadoc. Nº 13 (2014). p.18-23.

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